martes, 25 de septiembre de 2012

El sueño de la mañana y peinados imposibles

Mi día comienza a las seis y media de la mañana, espero el colectivo junto con varias personas, siempre las mismas caras, supongo que algunos van al colegio y otros a trabajar. Mientras pasan los minutos veo salir de las fabricas a los trabajadores que terminan sus turnos, salen vestidos con sus ropas limpias y bien arreglados, también todos los días al mismo horario uno de los trabajadores más jóvenes de la fábrica de enfrente entra con su moto como si estuviera jugando carreras, la moto hace un ruido horrible que se puede escuchar a varias cuadras.

Cuando subo al colectivo, marco el boleto rápido para poder sentarme en el asiento que deja libre un señor que se baja en la siguiente parada, es la única forma de conseguir un asiento libre, ya que a varias cuadras comienza a llenarse más y más de gente, parece como si todo rosario viviera en Empalme Graneros. Si vas parado la gente te aplasta, te pisa, te empuja y los chicos con la mochila te arrastran hasta que podes agarrarte de alguien, la mezcla de olores es impresionante, a perfumes, naftalina, y otros olores que es mejor ni contar.

Bajo del colectivo en Avenida Alberdi y así comienzo la caminata hacia la escuela, junto conmigo se baja un señor de pelo canoso que todas las mañanas va por la misma calle que yo pero se cruza de vereda, supongo que debe ir a trabajar porque siempre viste un traje azul y rayas grises en los hombros. Suelo caminar más rápido que él y por eso nunca sé hacia dónde va, cada vez que me doy vuelta para ver en qué calle dobla, misteriosamente el hombre ya no está.

Soy una de las primeras en llegar a la escuela, muchas veces cuando llego solo estamos un par de alumnos, la portera y yo. Me siento en la escalera, me pongo los auriculares y veo pasar a los chicos que llegan, cuando son las siete y diez llegan todos empujándose, apurados para que la portera no los rete.

Empieza la clase y la mayoría estamos desparramados en la mesa con cara de sueño y el mejor peinado que nos pudimos hacer al salir de casa apurados, ni bien el profesor termina de bajar el ultimo escalón, lo recibimos con protestas, abucheos y su cara de felicidad se le borra de inmediato. Al tocar el timbre de recreo, nadie sale del salón, creo que eso es lo que mas cambia con el paso del tiempo en la secundaria, cuando estábamos en primer año, lo mas lindo era el recreo, era para salir a recorrer el patio agarrada del brazo de tus amigas y contarse chismes o ver de lejos al chico que te gustaba, cuando llegamos a quinto los recreos sirven para volver a respirar, para descansar tu mente después de pasar dos horas haciendo cuentas, leyendo o escribiendo sin parar.

Después de varias horas escuchando sin parar a varios profesores de diferentes materias al fin llega el momento mas esperado, cuando toda el timbre de salida, es el momento mas feliz en especial cuando es viernes. Todos salen sonrientes, algunos corriendo otros caminando con toda la paciencia que se puede tener despues de un largo dia de "estudio".

El camino mas lindo es el de vuelta casa, cuando voy en el colectivo, casi dormida dandome la cabeza contra la ventanilla, despertandome con cada golpecito y cada parada. Llego al fin a casa, dejo la mochila desparramada en cualquier lado y me siento a almorzar.

A pesar de estas idas y vueltas de cada dia, de esta rutina cansadora, y de las anecdotas de todos los dias, me doy cuenta de que seguro en algun momento en un futuro no muy lejano voy a recordar que haberme levantado temprano y todo por lo que pase en mis años de escuela valieron la pena.

Un Arroyito entre bocinazos y el olor a caramelo.

El barrio Arroyito, el lugar en el que pase mi infancia. Un barrio familiero, las cuadras cerca de Alberdi eran ruidosas y que parecía no tener descanso, siempre podía encontrar distintos aromas, pero en especial olores a comidas, que salían desde las ventanas de distintas casas, abuelas o madres que a las doce ya estaban poniendo manos a la obra, y hacían unos manjares espectaculares, y también se escuchaban bocinazos, y el ruido de las ruedas, de autos, bicicletas y colectivos, o voces de adolescentes y chicos riendo en las veredas, ya llegando a las cuadras más alejadas, estaban mucho más tranquilas.
La vuelta de la escuela por la calle Díaz Vélez, era genial, parar en el kiosco del ‘’Chinito’’, así le decían al señor que atendía con una sonrisa, y un hola grande saludaba a todos los chicos que entraban emocionados por unos caramelos o unas galletitas dulces, o lo que más querías, era un lugar chiquito, con olor a frutilla, pero lleno de las cosas que más me gustaban… ¡Hasta juguetes!
Y después corría por las veredas donde estaban los abuelitos sentados con sus reposeras de colores, no importaba si hacía frío o calor, ellos siempre estaban ahí, porque era la hora que había sol. Saludaba uno por uno a ellos, a pesar del trote que mantenía mi mano se movía de lado a lado con una sonrisa de oreja a oreja, feliz por llegar a casa.
La calle García Velloso, mi calle, toda mi infancia está volcada en esas veredas y adoquines.
En una esquina se encontraba una sucursal del Correo Argentino, muy pocas veces pude ver a los señores que visten de amarillo salir por ahí a repartir, cartas o impuestos, raro.. Pero cierto.
En la otra esquina se encontraba la peluquería de Ricardo, el señor de bigotes que se paraba en la esquina sacaba una caja de cigarrillos Marlboro, y fumaba uno mientras veía los autos pasar, era una peluquería sólo para hombres, y sólo los del barrio se atendían ahí, parecía estar a gusto con su trabajo.

Mi casa estaba cerca, ahí afuera ya estaban mis amigos, esperando para que salga a jugar. Tardes enteras perdíamos allí, con tan sólo una pelota, bolitas, el elástico, o una soga para jugar.
Cerca está la cancha de Rosario Central, estaba un vecino con cara de enojado porque que justamente él era de Newell’s, y le molestaba todo lo relacionado con el equipo.

Los fines de semanas, era para pasar en familia. Podíamos ir al Parque Alem o al Scalabrini Ortiz, la mayor parte de las familias, tomaban camino hacía el Alem, porque ahí había juegos, hamacas, toboganes, sube y baja, y la famosa calesita con caballitos, algunos despintados pero me sentía un rey arriba del juego. Y mucho espacio para jugar y entretenerse.
Hoy al echarle un vistazo no podría decir que esta exactamente igual, pero esas costumbres de los fines de semanas ir al parque con el mate a cuestas, o los días de partidos que parece que se para toda actividad en el barrio, o los abuelos sentados en las veredas, son cosas esenciales del barrio.

Eso sí, lo que nunca va a cambiar, es que todos se conocen entre todos, por más que te vayas del barrio, siempre vas a tener tu primer amigo, o novio, o vecino, o enemigo de aquel barrio cuando eras un nene.




Por Milena.

martes, 4 de septiembre de 2012

Mi niñez en un barrio industrial

El barrio en el que pase mi niñez se llama Fisherton Industrial, un barrio de trabajadores, familias poco numerosas y muchas fabricas de todo tipo. Al recorrer sus calles podias ver a los costados los residuos de hierro que las fabricas desechaban y sentir ese olor a fabrica dificil de describir con palabras, un olor peculiar casi unico, como una mezcla de madera y tierra mojada juntas.

Todos los mediodias podias ver una gran cantidad de trabajadores que salian de las fabricas vestidos con sus trajes azules, llenos de grasa y tierra que recorrian las calles hasta el almacen de la esquina donde la señora los recibia con la comida lista. Eramos pocos los chicos que habia en el barrio, algunos eramos parientes o amigos, nos conociamos de la escuelita del barrio o de la iglesia pero lo que teniamos en comun era que nos gustaba salir andar en bici por las calles ya que no habia mucho transito, o jugar a la pelota en la vereda de la señora mas vieja que siempre nos sacaba a los gritos y despues le contaba a nuestras madres.

Los dias de lluvia, eran los mas indicados para jugar en la casa de algun vecino donde la mama te esperaba con la chocolatada caliente y las tortafritas con dulce de leche. Camino a mi casa se podia ver a las vecinas juntando la ropa de las terrazas apuradas y gritandole al marido que la ayude yo me reia mientras llegaba a mi pasillo saltando los charcos tratando de pisar las piedras que habia puesto mi papa para poder pasar sin ensuciarse.

Recuerdo a todos los vecinos agruparse en la esquina los dias de tormeta en medio de la lluvia para, entre todos, poder limpiar las zanjas que se llenaban de botellas y mugre. Todos los vecinos de la cuadra, en especial mujeres y niños observando como los hombres trabajaban, algunos traian tortafritas, otros mates y los mas avivados venian trayendo paraguas y pilotos para los que trabajaban.
Los dias de sol eran mas divertidos podias jugar en la vereda, en la calle andar en bici, hacer guerras de globitos con agua, jugar a la bolita y a la pelota. Las vecinos mas viejos se sentaban en la vereda a tomar mates y mirar a todos los que pasaban. Las "chicas" del barrio se sentaban en un grupito de dos o tres a sacarle mano a todos, en un tur barrial podías conocer a los periodistas de chimentos mas reconocidos, la llamada chica 10 (por desgracia mi madrina) ella sabía todos sobre todos, a su vez le pasaba la información la almacenera de la otra cuadra y esta información era confirmada por la kiosquera top, la de los productos caros y el kiosco más lindo.

Mi barrio no era el que mejores casas tenía ni el más poblado, pero era un barrio de trabajadores y gente humilde que a pesar de sus problemas te recibían con una sonrisa y la puerta abierta.
En la actualidad al volver, encuentro que ya nada es como solía ser, las calles estan mejor pavimentadas, las pocas casas que habia ahora son de dos pisos y los chicos que antes jugaban conmigo poblaron el barrio de nuevos chicos y chicas que al pasar te chocan con sus bicis o te empujan mientras corren.