Mi día comienza a las seis y media de la mañana, espero el colectivo junto con varias personas, siempre las mismas caras, supongo que algunos van al colegio y otros a trabajar. Mientras pasan los minutos veo salir de las fabricas a los trabajadores que terminan sus turnos, salen vestidos con sus ropas limpias y bien arreglados, también todos los días al mismo horario uno de los trabajadores más jóvenes de la fábrica de enfrente entra con su moto como si estuviera jugando carreras, la moto hace un ruido horrible que se puede escuchar a varias cuadras.
Cuando subo al colectivo, marco el boleto rápido para poder sentarme en el asiento que deja libre un señor que se baja en la siguiente parada, es la única forma de conseguir un asiento libre, ya que a varias cuadras comienza a llenarse más y más de gente, parece como si todo rosario viviera en Empalme Graneros. Si vas parado la gente te aplasta, te pisa, te empuja y los chicos con la mochila te arrastran hasta que podes agarrarte de alguien, la mezcla de olores es impresionante, a perfumes, naftalina, y otros olores que es mejor ni contar.
Bajo del colectivo en Avenida Alberdi y así comienzo la caminata hacia la escuela, junto conmigo se baja un señor de pelo canoso que todas las mañanas va por la misma calle que yo pero se cruza de vereda, supongo que debe ir a trabajar porque siempre viste un traje azul y rayas grises en los hombros. Suelo caminar más rápido que él y por eso nunca sé hacia dónde va, cada vez que me doy vuelta para ver en qué calle dobla, misteriosamente el hombre ya no está.
Soy una de las primeras en llegar a la escuela, muchas veces cuando llego solo estamos un par de alumnos, la portera y yo. Me siento en la escalera, me pongo los auriculares y veo pasar a los chicos que llegan, cuando son las siete y diez llegan todos empujándose, apurados para que la portera no los rete.
Empieza la clase y la mayoría estamos desparramados en la mesa con cara de sueño y el mejor peinado que nos pudimos hacer al salir de casa apurados, ni bien el profesor termina de bajar el ultimo escalón, lo recibimos con protestas, abucheos y su cara de felicidad se le borra de inmediato. Al tocar el timbre de recreo, nadie sale del salón, creo que eso es lo que mas cambia con el paso del tiempo en la secundaria, cuando estábamos en primer año, lo mas lindo era el recreo, era para salir a recorrer el patio agarrada del brazo de tus amigas y contarse chismes o ver de lejos al chico que te gustaba, cuando llegamos a quinto los recreos sirven para volver a respirar, para descansar tu mente después de pasar dos horas haciendo cuentas, leyendo o escribiendo sin parar.
Después de varias horas escuchando sin parar a varios profesores de diferentes materias al fin llega el momento mas esperado, cuando toda el timbre de salida, es el momento mas feliz en especial cuando es viernes. Todos salen sonrientes, algunos corriendo otros caminando con toda la paciencia que se puede tener despues de un largo dia de "estudio".
El camino mas lindo es el de vuelta casa, cuando voy en el colectivo, casi dormida dandome la cabeza contra la ventanilla, despertandome con cada golpecito y cada parada. Llego al fin a casa, dejo la mochila desparramada en cualquier lado y me siento a almorzar.
A pesar de estas idas y vueltas de cada dia, de esta rutina cansadora, y de las anecdotas de todos los dias, me doy cuenta de que seguro en algun momento en un futuro no muy lejano voy a recordar que haberme levantado temprano y todo por lo que pase en mis años de escuela valieron la pena.
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