martes, 25 de septiembre de 2012

Un Arroyito entre bocinazos y el olor a caramelo.

El barrio Arroyito, el lugar en el que pase mi infancia. Un barrio familiero, las cuadras cerca de Alberdi eran ruidosas y que parecía no tener descanso, siempre podía encontrar distintos aromas, pero en especial olores a comidas, que salían desde las ventanas de distintas casas, abuelas o madres que a las doce ya estaban poniendo manos a la obra, y hacían unos manjares espectaculares, y también se escuchaban bocinazos, y el ruido de las ruedas, de autos, bicicletas y colectivos, o voces de adolescentes y chicos riendo en las veredas, ya llegando a las cuadras más alejadas, estaban mucho más tranquilas.
La vuelta de la escuela por la calle Díaz Vélez, era genial, parar en el kiosco del ‘’Chinito’’, así le decían al señor que atendía con una sonrisa, y un hola grande saludaba a todos los chicos que entraban emocionados por unos caramelos o unas galletitas dulces, o lo que más querías, era un lugar chiquito, con olor a frutilla, pero lleno de las cosas que más me gustaban… ¡Hasta juguetes!
Y después corría por las veredas donde estaban los abuelitos sentados con sus reposeras de colores, no importaba si hacía frío o calor, ellos siempre estaban ahí, porque era la hora que había sol. Saludaba uno por uno a ellos, a pesar del trote que mantenía mi mano se movía de lado a lado con una sonrisa de oreja a oreja, feliz por llegar a casa.
La calle García Velloso, mi calle, toda mi infancia está volcada en esas veredas y adoquines.
En una esquina se encontraba una sucursal del Correo Argentino, muy pocas veces pude ver a los señores que visten de amarillo salir por ahí a repartir, cartas o impuestos, raro.. Pero cierto.
En la otra esquina se encontraba la peluquería de Ricardo, el señor de bigotes que se paraba en la esquina sacaba una caja de cigarrillos Marlboro, y fumaba uno mientras veía los autos pasar, era una peluquería sólo para hombres, y sólo los del barrio se atendían ahí, parecía estar a gusto con su trabajo.

Mi casa estaba cerca, ahí afuera ya estaban mis amigos, esperando para que salga a jugar. Tardes enteras perdíamos allí, con tan sólo una pelota, bolitas, el elástico, o una soga para jugar.
Cerca está la cancha de Rosario Central, estaba un vecino con cara de enojado porque que justamente él era de Newell’s, y le molestaba todo lo relacionado con el equipo.

Los fines de semanas, era para pasar en familia. Podíamos ir al Parque Alem o al Scalabrini Ortiz, la mayor parte de las familias, tomaban camino hacía el Alem, porque ahí había juegos, hamacas, toboganes, sube y baja, y la famosa calesita con caballitos, algunos despintados pero me sentía un rey arriba del juego. Y mucho espacio para jugar y entretenerse.
Hoy al echarle un vistazo no podría decir que esta exactamente igual, pero esas costumbres de los fines de semanas ir al parque con el mate a cuestas, o los días de partidos que parece que se para toda actividad en el barrio, o los abuelos sentados en las veredas, son cosas esenciales del barrio.

Eso sí, lo que nunca va a cambiar, es que todos se conocen entre todos, por más que te vayas del barrio, siempre vas a tener tu primer amigo, o novio, o vecino, o enemigo de aquel barrio cuando eras un nene.




Por Milena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario